El recorrido empieza en
la puerta del estacionamiento, cuando al fin nos permiten la entrada, nos dicen
que por ser zona federal hay que caminar en dos filas “por seguridad”. Nos
ponen una estampa dorada muy elegante que dice “visita autorizada”. Es normal que un lugar en donde se toman
decisiones que afecten a todos tengan alto grado de seguridad para la
protección de los representantes, pero no revisaron mochilas ni bolsas, todo
pareció un ritual para ver al santísimo poder legislativo.
Empieza la exposición
de la guía y nos quedamos contemplando y escuchando una media hora el mural de
la entrada principal “El pluralismo político en México” que tiene los artículos
de la Constitución representados, la fundación de Tenochtitlan en el centro y
maíz a los costados. Particularmente encontré un nacionalismo aferrado en ese
mural y ninguna pluralidad. La guía se empecinaba en detallar los datos
históricos y cada grabado, ensalzando la entrada al santuario de las leyes y
los partidos, casi casi “el nicho de la
política.” Vimos otros murales con otros tantos datos históricos y entramos
a una sala de sesiones en la que muy superficialmente explicó la composición de
las comisiones y los escaños. Emocionada nos invitó a tomarnos fotos en la mesa
que presidía la sala, para su sorpresa no fue muy solicitada. Tal vez estaba
acostumbrada a que los alumnos que recurrían a sus visitas vieran a las
personas que se sientan en esas sillas como el poder encarnado y casi como
Villa en el asiento presidencial, sintieran
el poder.
Desde el principio,
mediante las formas y el muy superficial contenido. La línea de visitas del Congreso es marcar la brecha
entre el ciudadano normal y los políticos. No son personas como uno sino poderosos,
engrandecen cada sala y rincón como si fuera inhumano, comprendo esa aplicación
en la arquitectura del lugar ¿Pero por qué separarnos tanto? No son nuestros
gobernantes, son nuestro representantes, están ahí por nuestro voto, por el
apoyo ciudadano. No comprendo cómo es que en el mismo lugar donde trabajan
ponen prácticamente una barrera física entre representantes y representados.
Finalmente, fuimos a
ver, por quince minutos, el principio de la sesión en la sala principal. Las visitas
entran en un palco especial hasta arriba del auditorio, está hecho de forma
interesante porque por más adelante que te sientes solo puedes ver las mesas
que presiden la cámara y ellos tienen la obligación de estar presentes y
mantenerse en orden. No puedes ver al
grueso de los diputados y prohíben asomarse ¿Por qué? Por seguridad, pero en
realidad es para que imagines que todos los diputados están sentados escuchando
a los oradores cuando en realidad están platicando, riendo o durmiendo y no los
juzgo, no es ahí donde se llevan los acuerdos, ahí es solamente donde se va a
votar, ya saben cómo lo harán , no tienen que escuchar el discurso de
nadie. Pero no está en la línea del
Congreso que veamos la realidad, sino el ideal de lo que es el poder
legislativo.
El shock más intenso
fue el taller en el Museo Legislativo, nos metieron a un cuarto con tres mesas
largas, sillas y una mujer que no dejaba de escribir en una computadora desde el
centro, primero entramos las mujeres y luego los hombres (no sé por qué, pero
fue perturbador). Un hombre con boina cerró la puerta y empezó a hablar. “Nos
guste o no, los partidos son la única forma de hacer política”, “Las
candidaturas independientes son una falacia”, “Nos guste o no, los diputados
nos representan y si no votan por ellos
de todas maneras nos representan” con un tono que tendía a lo agresivo hizo su
introducción a la apología a los partidos
y empezó el taller “¿Quién quiere ser parte de un partido político?”(se
levantan algunos compañeros)”¡Ellos, ellos están dispuestos a participar en la
política y como ustedes no quisieron ser parte, ellos decidirán por todos!”.
Hicimos partidos ficticios, nos hicieron preguntas y tenían que votar por
nosotros.
Fue impresionante el
hecho vil y transparente de que nos metieron a un cuarto de adoctrinamiento. La
señora con la computadora del centro era lo más escalofriante pues al escuchar
tales afirmaciones ella seguía seria trabajando en su computadora, parecía que
hacía formulas para lavarnos el cerebro. Aunque me sentía incómoda ahí, nuestro
grupo practicó cierta resistencia, lo que me preocupa es que hagan esos
talleres con adolescentes, que deben ser sus principales visitantes. Nosotros
nos estamos formando como expertos en la
materia en una escuela crítica, no sé de qué forma afecte el adoctrinar a
quienes no tienen educación política. Es interesante también el hecho de que
tengan que recurrir a esas prácticas que rayan en lo violento para convencer de
que los partidos son la mejor opción, están tan desvirtuados que tienen que
gritarnos que son la única manera de gobernarnos.
Saliendo del cuarto de
la Gestapo, pudimos saltarnos otro altar al legislativo (el museo) para poder
platicar un rato con la diputada Alejandra del Moral quien, como priista de
hueso colorado, nos dio su impresión de varios puntos. Me pareció que siguió la
misma línea que cuando tal vez se enfrenta con reporteros, discurso emotivo y
si hay alguna pregunta incómoda salirse de ella mediante rodeos. Me sorprendió
que dijera con naturalidad “Ay, si todos los partidos dan despensas, eso no es
comprar el voto”, que hablara de competencia y estuviera a favor de quitar
plurinominales. Sin duda fue lo más interesante y la confianza que demostraba
inhibía a querer debatir cara a cara con ella.
Finalmente fuimos a una
visita guiada por el Congreso y nos llevaron por sus espacio como quieren que
la población los siga, ciegamente y creyendo en una democracia que no es.

